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Thomas Wilkins, es de esos hombres con tal poder de convencimiento que es capaz de vender lo invendible. Para su mayor suerte, como gerente de la Ruta del Vino de Colchagua por casi una década, su producto nunca fue un invendible, sino todo lo contrario. Con premios internacionales por doquier, y hasta el mejor vino del Mundo 2008 según Wine Spectator (Clos Apalta 2005), y un grupo humano por detrás innovador y comprometido, el Colchagua parecía venderse solo. Aún así, siempre había un algo, un argumento frente al cual Wilkins nunca pudo. Wilkins dejó la gerencia de la Ruta recién a inicios de este año, y lo hizo sin poder sacarse esa piedra en el zapato; aunque sabía que las cosas pronto cambiarían...
El sol sale por la Cordillera de los Andes, el aire está helado y Santiago hierve con su tráfico matutino. Un avión comercial, de una empresa que nunca había oído antes, Aerocardal, nos espera en un hangar de Pudahuel. El destino es el aeródromo de Vichuquén. Entre los pasajeros va Mario Geisse, director técnico de viña Casa Silva y más adelante, Thomas Wilkins, el nuevo gerente de marketing y hospitaly de la misma viña -colchaguina por supuesto-.
Pasada media hora del trayecto hacemos el primer desvío, en lugar de enrumbar hacia la costa a la altura de los Lingues, viramos hacia la Cordillera de los Andes. La idea es sobrevolar los viñedos de Casa Silva en esta zona, en Colchagua Cordillera. Viñedos que Wilkins identifica como los más cordilleranos del valle. Nadie le cree, desde el aire es evidente que hay otros viñedos más arriba, callados todos miramos hacia abajo. Cerca, en dirección al centro del valle, se divisa la bruma matutina que da nombre a Chimbarongo (neblina en mapudungún), la misma que ayuda a mantener la frescura por más tiempo a sus uvas durante las mañanas de verano.
La aeronave pronto siguió el cause del viejo río Tinguiririca, para llevarnos a divisar hacia la derecha los viñedos, bodega, hotel y club de campo de Casa Silva en Angostura. Más al interior del valle, nos desviamos nuevamente, esta vez hacia el suroeste, para sobrevolar los campos de Casa Silva en la denominación Lolol, un joven sector, más fresco que Angostura, debido al efecto atardecer en la llamada Sombra-Costa.
Unos kilómetros más adelante, ahora sobre la Cordillera de Costa, las indicaciones de Wilkins dirigieron las miradas hacia un gran tranque y los viñedos circundantes en medio de bosques de pinos y eucaliptos. Sobrevolábamos a tan solo 9 kilómetros de costa en línea recta, estábamos sobre los viñedos más costeros del valle de Colchagua, sector conocido como Paredones, gracias al pueblito más cercano.
La vista desde el aire fue muy diferente a la de mi primer viaje, a inicios de este año, cuando hice junto a Geisse esta misma ruta (Colchagua cordillera-costa, ver nota aquí) por carretera. Lo que desde abajo parecían profundos valles, desde el cielo lucían como suaves lomajes flotando en las alturas. Lo que en verano se veía color trigo seco, ahora lucía verde, radiante de vida. Y, el tranque que entonces estaba vacío, ahora mostraba unos cuantos metros de agua más arriba. Ésta, la única posibilidad de riego en este secano costero, estaba a salvo, al menos hasta el próximo otoño.
Nuevamente nos alejamos de Paredones y tomamos rumbo a la costa. En busca de la pista de aterrizaje, esta vez sobrevolamos el estero Boyeruca (el que divide la VI de la VII región), las salinas de Lo Valdiva, la laguna Torca, Llico, y el lago Vichuquén con sus colonias de cisnes de cuello negro... ¡Chita, que es lindo Chile! Al tocar tierra -no era broma- el día apenas comenzaba.
Esta vez en auto regresamos a Paredones, al encuentro de Edgardo, el encargado del campo y protagonista de nuestra foto de la sección personajes. Con media luna en mano, y café en la otra, Geisse nos habló de los dos tipos de suelo de este viñedo de la familia Rodríguez, plantado el 2005 con las variedades que gustan de climas de frío, sauvignon blanc y pinot noir. Uno más arcilloso y húmedo en las partes bajas; más granítico y de mejor drenaje en lo alto de sus lomajes. El primer sauvignon blanc de Paredones, cosecha 2009, y que probaríamos después, es mezcla de ambos sectores.
Por si se lo preguntaban, la familia Silva ya compró su propio campo en Paredones (justo enfrente al de viña Estampa) donde este año empezarán a plantar sus viñedos. Mientras, tienen contrato a muy largo plazo con las uvas de los Rodríguez.

Más tarde, si más de uno se sacó el chaleco bajo el sol primaveral de Paredones, tuvo que volver a ponérselo llegando a Bucalemu, el pueblito de pescadores ubicado en la costa de Colchagua que nos recibió para el almuerzo y ¡al fin! para probar el primer vino de Paredones: el Casa Silva Sauvignon blanc Cool Coast 2009.
La degustación comenzó con copas empañadas por esa humedad costera que cala los huesos; una invitación a un chocolate caliente, en lugar de un fresco vino blanco. Pero pronto nos fuimos adaptando al espacio, bajo la protección de San Pedro (el patrono de los pescadores); escuchamos el mar de fondo entremezclado con los gritos de las gaviotas, olimos el yodo y la arena bajo la mesa, la sal de Cáhuil sobre el mantel, y nos abrimos a los placeres del nuevo Cool Coast (precio aprox. $12.000 en tiendas especializadas ).
El frío y el aire de mar ayudaron a que la nariz del vino no nos arrojara la primera cachetada de agua salda, sí nos llegó a salpicar su lado mineral, salino, y detrás, otra delicada ola, esta vez cítrica, con notas a lima y pomelo. En boca apareció certera y suave, esa frescura del viento costero que se siente en Paredones; ahí estaba la acidez natural, refrescante que todos esperábamos encontrar. Eso sí, sin ningún filo o agresividad, tampoco nada de amargor final. Cómo sería que partimos y cerramos una bacanal de productos del mar chileno, con ceviches, machas, locos, pulpos, salmón, reineta y hasta caldillo de congrio, con el mismo vino, el Cool Coast 2009. Los whiskies llegaron a tiempo, justo para evitar que nos tomáramos sus poquitas cajas en un sólo día.
Por si alguien presente no había caído aún en la cuenta, Wilkins (foto final)no pudo dejar de enmarcar este momento histórico. Y es que aunque cuentan que en Paredones muchos años atrás ya había plantadas viñas y con ellas se hacían vinitos blancos y tintos, Wilkins y todo Colchagua se sacaba por fin la piedrita del zapato: el valle de los tintos corpulentos ya tenía su primer vino de clima frío.
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