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TENTACIÓN ROSA
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Sin miedo al cliché, Mariana Martínez nos da sus buenas razones para descorchar los frescos rosados del 2007.

Por estas fechas, cuando las terrazas están repletas de lagartijas tomando sol, casi como un ritual los escritores de vino sacamos los vinos rosados del baúl de los recuerdos y los ponemos en la palestra. Para los puristas, esta costumbre no es más que un cliché, falto de creatividad, cuyos protagonistas son un mal experimento del nuevo mundo, alejados de la elegancia pálida que caracteriza a los ejemplares de la costa provenzal, en Francia. Pero para mi es toda una necesidad. Igual que mojarme la cara con agua de mar, sea invierno o verano, cada vez que voy a la costa de nuestro gélido Pacífico.

Sacarlos del baúl de los recuerdos justo en estos días tiene muy buenas razones. La primera, es que como la gran mayoría de los rosados del sur de Francia, los nuestros están hechos para beberse lo más jóvenes posible, y su llegada al mercado nacional es justamente ahora, antes de que llegue el verano. La otra razón es que su frescura sin ostentosidad de complejidad alguna es perfecta para reemplazar a las cervezas, especialmente en un país como éste, donde las chelas comunes y corrientes -no me pregunten por qué- nunca pueden estar lo suficientemente frías.

Además, hay algo en sus tonalidades, desde el rosa pálido o color piel de cebolla, hasta el fucsia intenso, que me atrae, y eso que nunca he sido una gran fan del color rosa. Lo que francamente, no me ocurre con el color de las llamadas cervezas rubias, y menos aún si no están frías como me gustan.

La gran gracia, después de tantas cualidades, es que sus precios son súper accesibles, con el Cherub de Montes (a $6.900) en el tope más alto. Un rosado que por cierto, como todos los vinos especiales de Montes, le pone cuento a la mesa; y que por su rica frutosidad, llena de guindas ácidas, puede acompañar a la par una lujosa comida de verano, con langostas, jaibas y gazpachos, tal como lo vimos el año pasado durante su lanzamiento; lo que nos puede hacer quedar como unos muy originales anfitriones.

Lo que también entusiasma de nuestros rosados es que ya podemos hablar de un grupo de clásicos, que nunca nos decepcionarán. Eso quiere decir que el tradicional Santa Digna de Miguel Torres o el Rosé de Santa Rita ya no está solos en la lista. Junto a este gran par ahora tenemos más rosados frescos y jugosos, con rica fruta que morder, como mi nuevo favorito, el Pink Goat de Tamaya $4.650); o los rosados de Los Vascos ($4.200), Chocalán ($3.500) o J.Bouchon ($2.980). Los cuatro de taninos suaves pero bien presentes que invitan a servirlos sin problema junto con ensaladas verdes con carnes de pollo, pavo y roast beef o su clásica armonía, paellas de mar y tierra.

Pero eso no es todo, como para no aburrirse y seguir tentándose, siguen apareciendo gratas novedades. El gran descubrimiento de este año para mi ha sido del rosado de una viña nueva, la colchaguina Kankura. Dentro de un envase con un diseño simple, pero colorido, y una botella sellada con screw cups -curiosamente muy liviana-, el rosado de Kankura, llamado Pivoine ($3.000) responde al estereotipo de un vino rosado francés elegantemente pálido. Lo que de ninguna manera es un defecto, sino su gran atractivo. Porque su simpleza, y su untuosa ligereza en boca, al igual que un desteñido par de jeans, va con todo. Pivoine, de viejas parras de cabernet sauvignon, será ideal con sashimies y rolls, incluso con mucha soya; comida china agridulce, ensaladas y sándwiches tan diversos como salmón y ricota, o pastrami y queso de cabra maduro. Y si no se les ocurre con qué, entonces solito, bien fresco, de aperitivo.

Otros tres novedosos hallazgos rosados de este año, también de climas cálidos, fueron el Santa Ema Rosado Soul ($4.930), Anakena ($2.490) y Casa Silva ($2.690). Los tres como cortados con la misma tijera, de muy intensos colores y taninos suaves pero presentes, y rica fruta roja ácida. El más particular de ellos es el Casa Silva, el que gracias a su mezcla de syrah y carmenère deja tanto en nariz como en boca un toque ahumado que invita a beberlo junto una ensalada de rúcula, queso parmesano, higos frescos y trocitos de tocino o jamón serrano; eso sí y aunque suene a cliché, más les gustará todavía si andan con las patitas frescas, recién remojadas en la piscina.

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