Columna de Opinión
Mariana Martínez

LA IMPORTANCIA DEL ORIGEN

Por: Mariana Martínez / Editora @MyMentrecopas

La sensación de ser la única llegada desde Chile para formar parte del panel en el  concurso  Internatrional  Wine Challenge, la semana pasada en Londres, fue  de presión.  No siempre hay presentaciones antes de degustar con un nuevo panel;  tus pares no saben quién eres ni tú siempre quiénes son ellos, a menos que tengan las siglas de MW escritas en sus chalecos o sus caras aparezcan en solapas de los libros o revistas de tú biblioteca. En los resultados asignados  y su defensa de puntos es dónde se ven los gallos. 

Sin embargo, lo más relevante, sea quién sea quién cate,  es que el origen del vino marca el futuro de las medallas. Pues lo  único que se sabe es justamente el  origen del vino, su variedad y año de cosecha.  Sabiendo que ya en la primera semana se eliminaron los  vinos mediocres, basta leer qué línea sigue para saber si habrá medallas de oro o no: Champagne, Grand Cru de Chablis, Premier Cru de Borgoña, Tintos de Navarra, Cabernet de Languedoc-Rousillon, Beaujolias, Chiantis,  Malbecs de Argentina, Syrah de Oeste de Australia, Carmenére de Brasil, Chardonnay de Chile...

Cómo evitarlo. Saber el origen me recuerda  a un libro que leí durante el verano, "Blink: The Power of Thinking Without Thinking" (Pestañar, el arte de pensar si pensar"),  el cual concluye que el hombre cargado de creencias y  prejuicios desde su niñez, es incapaz de hacer un juicio realmente objetivo a menos que sea a ciegas. El libro pone ejemplos de casos de discriminación entre sexos y color de la piel;  y si este contexto lo llevamos al mundo del vino, claro que podemos hablar de la discriminación según sea su origen.  

El mejor ejemplo de ello ocurrió en mi mesa cuando aparecieron pinot noir de países del muy nuevo mundo como Inglaterra, China y Brasil.  Ingenua yo, para hacer la cosa más interesante, propuse catar sin saber,  pero me dijeron que no, que les interesaba saber qué era qué. Un juez asociado  creyó incluso reconocer un vino entre  los ingleses y le asignó medalla de oro. La verdad, para mí,  ninguno merecía más que bronce (y solo por el mérito de haber llegado hasta esa instancia);  sobre todo pensando en lo mucho que se les exigen los expertos británicos a los pinot noir chilenos. 

Entonces sí, claro que es necesario estar presentes para apoyar nuestros vinos en estas competencias. Es necesario para poder explicarles que San Antonio puede ser muy frío en la costa y más cálido en su interior, y que por eso las  estructuras y peso de sus syrah  no son iguales, aunque haya frescura por todos lados y un potencial de guarda asegurado.  

La realidad de ver cómo nos miran desde lejos, como un  país más del nuevo mundo con sólo ciertas zonas estrellas que nacieron con preconcepciones, me recordó al recién pasado  festival latinoamericano Ñam, donde cocineros hablaron en resumen de la importancia de darle valor a nuestros productos y ponerlos como protagonistas de nuestras cocinas; pues si no lo hacemos nosotros -partiendo por nuestros cocineros- nadie más va a hacerlo. 

También  me recordó a esa última mesa en torno al futuro del vino chileno, que lideró el sommelier Hector Riquelme el útlimo día de Ñam, con la sala llena de jóvenes aspirantes a cocineros, a la espera del gran Alex Atala (recién elegido entre los cien personajes más influyentes del mundo según la revista Times ). Allí, donde claramente  la intención era despertar el interés por vinos que hablen de origen, de carácter y de pequeños productores.  Todo lo que me  hace pensar  que no podemos correr,  si aún no sabemos ni caminar. 

No podemos hablar de pequeños productores si el  aspirante o cocinero ni siquiera entiende la importancia del vino en el maridaje  (llámenlo como quieran, maridaje, armonía, equilibrio...) en la mesa. Porque no podemos volar, cuando al dueño del restaurante le importa más lo que le pagan por etiqueta, que si el vino es bueno o si  acompaña su gastronomía. Y porque no podemos volar si no creemos en nuestros propios vinos. 

Me recordó que no podemos  salir a vender una marca país si  no creemos en lo que tenemos, si no creemos que nuestros vinos más económicos son buenos, muchos mejores que otros tantos, y que los que vienen más arriba de ellos también lo son, independiente de que sean de bodegas pequeñas o grandes; que no podemos quedarnos enfrascados en una competencia de grandes y chicos, porque discutiendo no hacemos nada,  más que manchar desde casa la imagen del vino chileno. 

Cuántas veces he visto en twitter expresar la necesidad de abrir restaurantes de cocina chilena en París. Qué lindo sería. Soñar no cuesta nada, pero de nuevo no podemos volar, sin no sabemos caminar. Si no sabemos qué ofreceríamos en ese restaurante. No  podemos pensar en un restaurante, si ni siquiera tenemos comida callejera en los mercados más diversos del mundo; si en Camden o el Borough Market de Londres, junto a franceses, jamaicanos, libaneses, koreanos, brasileros, argentinos, peruanos, españoles, italianos, y hasta venezolanos,  no hay alguien vendiendo empanadas chilenas, pastel de choclo, patitas de chancho o nuestros súper sánguches.  Sería genial soñar, y no podemos dejar de hacerlo, pero hay que formar las bases para empezar por caminar unidos pensando en un mismo objetivo: la marca Chile.

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