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A diez años de que finalmente el carmener (así, escrito a la chilena) se reconociera como tal en nuestro país, su desarrollo ha tenido altos y bajos. Se ha aprendido y aún se aprende a manejarlo en el viñedo y en la bodega, a mezclarlo con otras cepas y también se buscan los mejores lugares para que madure. En esta larga tarea de aprendizaje, un puñado de nombres se ha destacado creando una pequeña comunidad que, con poco o mucho ruido, está levantando la imagen de la cepa y la propone como emblema de nuestra viticultura. El más destacado entre ellos es, por lejos, Terrunyo de Concha y Toro.
Esta viña organizó ayer una cata vertical de cinco cosechas de Terrunyo Carmenère, demostrando no sólo que la calidad siempre ha estado presente, sino que también la forma en que han ido comprendiendo el terroir de Peumo, al mismo tiempo que entendiendo las peculiares características de la variedad, tanto en el viñedo como en la bodega.
Puede que en medio del valle central de Chile haya muchos lugares para obtener madurez y carácter con el carmener, sin embargo, hasta el momento el valle de Colchagua y sus cálidos mesoclimas entre medio de montañas y el bajo Cachapoal, a ambos lados del río de mismo nombre, se han destacado como ningún otro.

En el caso específico de Peumo, sus viñedos se encuentran a unas tres kilómetros del Cachapoal, sobre lo que alguna vez, miles de años atrás, fue el lecho de este río. Mientras más cerca del río se vaya, más piedras y arenas hay en el suelo y eso, al temperamental carmener no le gusta, no madura ante tan poca fertilidad o madura mal. Alejándose esos tres kilómetros, los suelos se vuelven más francos, con proporciones similares de arenas, arcillas y limos todo en gran profundidad. Allí, en este tipo de situación en donde el agua se retiene moderadamente y en donde la fertilidad también está presente, la cepa alcanza todo su vigor y es posible controlarla con mayor facilidad. Es el caso de los mejores vinos de La Rosa, de Santa Ema y, claro, los dos cuarteles que dan vida a Terrunyo.
Otro de los factores claves es el clima. La cuenca del Cachapoal se extiende hasta el lago Rapel, formando una suerte de carretera por donde las brisas marinas se deslizan bañando de frescor los viñedos. Este factor se explica por las bajas alturas de la Cordillera de la Costa justo al llegar a río Cachapoal permitiendo el paso del viento y, a la vez, ofreciendo la oportunidad de dejar madurar el carmenère, como se hace en Terrunyo, incluso bien avanzado el mes de mayo. Estas brisas y este suelo le dan frescor a los carmenère de Peumo, y esas mezclas alucinantes y evidentes en Terrunyo que hablan de especias, hierbas, pero también frutas negras y pizarra. También explica en parte la calidad de los taninos (en Terrunyo, para ser honestos, siempre hay una proporción de cabernet de Pirque en la mezcla final) y la acidez crujiente de sus mejores años.
En forma extremadamente resumida, esos son los principales factores de la grandeza de los carmener de Peumo, asunto que Ignacio Recabarren ha ido comprendiendo desde que lanzó Terrunyo al mercado, gracias a la cosecha de 1998.
La cosecha siguiente fue la que abrió la vertical. Recabarren explicó las dificultades que un año extremadamente cálido como ése impuso, sobre todo en lo que se refiere a la curva de madurez de acidez, alcohol y taninos. Aún hay en este 99 notas vegetales, pero también mucha potencia frutal en un clásico carmenere austero y denso.

La versión 2000 fue una película totalmente distinta para Recabarren. Un año en extremo abundante y de inusitada alta humedad implicó una mayor selección de fruta, pero también la adición de un 25% de cabernet sauvignon de Pirque (por lo general bordea el 15%) para dar huesos duros al debilitado carmener. Quizás el menos logrado de la muestra, sigue siendo un vino estupendo en su pureza frutal. Un Terrunyo más fácil, dentro de su propio contexto, claro.
La versión 2001 está en su momento perfecto. Un año ideal para el carmener, de primavera fresca y de generosas brisas otoñales dio esta pequeña maravilla llena de jugosidad y densidad, un carmener complejo, que resistirá muchos años más, sin duda. El 2002 es, aunque distinto, igualmente atractivo que el 2001. Mayor jugosidad, mayor amplitud, pero menos complejidad en un año nuevamente muy difícil en donde Recabarren tuvo que extremar esfuerzos y talento para lograr lo que buscaba. Y en este 2002 lo encontró.
La sorpresa de esta vertical fue una barrica de carmener que irá a la mezcla 2003 de Terrunyo. Sin el aporte del cabernet sauvignon (ni tampoco del cabernet franc que se comenzó a incorporar a partir de 2001 ni del petit verdot que se incluyó en 2002), en esta muestra se puede ver la claridad y el carácter que alcanza el carmener en Peumo y lo mucho que ha avanzado la mano de Recabarren en su personal aprendizaje. Con orgullo dice que lo dejará en barricas dos años y que cree que vivirá por lo menos una década feliz y contento. Un año excelente, que le permitió regodearse con la madurez, entrega un tinto goloso y a la vez musculoso y lleno de fibra, pura jugosidad, especias, hierbas, notas a pizarra y guindas. Una delicia que augura un gran futuro en el que probablemente será uno de los Terrunyo clásicos junto al 2001 y al 2002. Y, claro, nuevamente el mejor o entre los mejores de Chile.
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